miércoles, 17 de octubre de 2012

Cazador de palabras

 

Hoy, 21 de octubre de 2012, se cumplen 16 años del fallecimiento de Juan. El tiempo pasa, pero desde "Todavía se ve el Hacho" y desde el blog hermano "Juan Díaz Fernández", seguimos intentando mantener vivo el recuerdo del profesor y escritor ceutí.

Es por ello que, aprovechando el aniversario de su desaparición, queremos compartir con aquellos que lo estimaban y con todos con los que se interesen por su vida y su obra, un documento sonoro excepcional. Se trata de una entrevista realizada a Juan Díaz por el también escritor y periodista Carlos Salem, durante el programa radiofónico "Un ciego en el país de los tuertos". El tema del mismo es "Los cazadores de palabras", una título muy apropiado para definir a Juan.  Este programa fue emitido por Radio Popular de Ceuta en octubre de 1991, hace justo 21 años.

El programa comienza con la lectura, por parte de Carlos Salem, de un fragmento del cuento "Frasco, uno más o uno menos", con el que Juan ganó uno de sus dos premios Hucha de Plata. A continuación podremos escuchar al propio Juan hablar sobre ese cuento, del trabajo del escritor y de cómo vivía él  personalmente la hermosa tarea de cazar palabras.

video
 

viernes, 6 de enero de 2012

Blog hermano


En octubre del año que acaba de finalizar se cumplían quince años del fallecimiento de Juan. Son muchos años ya pero, para los que lo queríamos, se han pasado demasiado rápido y aún nos creemos que lo vamos a encontrar, un día de estos, paseando por La Marina. Su obra literaria y periodística sigue vigente y son muchos los que aún lo recuerdan. Pero para mantener viva su obra, acaba de nacer en internet un blog hermano, llamado simplemente Juan Díaz Fernández, dedicado a reproducir su obra, tanto la publicada en su día como inédita. Y nunca mejor dicho lo de "blog hermano", pues el responsable del mismo es Ismael Díaz, también como yo, hijo de Juan. Por tanto, enhorabuena hermano, por tu iniciativa: desde tu blog y el mío trabajaremos a la par para que nuestro padre no desaparezca.

Para aquellos que quieran consultar este nuevo blog, añadimos en el lateral un enlace para llegar al mismo.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Corregir con tinta roja


El pasado viernes 15 de octubre, el diario El Faro de Ceuta publicaba un artículo de uno de sus colaboradores, Jorge López, titulado Con tinta roja, en el que dentro de un contexto de reflexión sobre la creación literaria en la actualidad, aparecía una cariñosa referencia a Juan Díaz Fernández. Por reflejar uno de los aspectos claves de la personalidad de nuestro escritor, su obsesión por la perfección de sus textos, hemos creído interesante incluir en Todavía se ve el Hacho el fragmento del artículo citado que hace referencia a Juan Díaz, con nuestro agradecimiento a su autor por este emotivo recuerdo.

Cuando yo acudí por primera vez a visitar a un escritor ni siquiera había terminado la EGB. Aquel hombre me abrió la puerta y desde su altura, a través de sus gafas que recuerdo sin montura, no sé si estoy en lo cierto, me miró detenidamente pensando que me había equivocado de puerta. Un perro de pelo marrón, rizado, enorme a mis ojos, salió a mi encuentro ladrando ferozmente, acentuando mis nervios. Nunca simpatizamos este perro y yo.

Juan Díaz Fernández no daba crédito a mis aspiraciones pero aún así me condujo a través de un largo pasillo al sancta sanctorum donde tecleaba, por aquel entonces en una máquina de escribir, sus historias. Seguido por el perrazo me vi rodeado de lo que sin duda era el ambiente de un escritor. Librerías acariciando el techo, rebosantes de libros. De entre todos ellos escogió uno. Me lo prestó. A cambio se quedó con mi carpeta de vanos relatos y me emplazó cuando acabara de leer aquel libro.

Nos sorprendimos mutuamente. Porque yo acabé aquel libro muchísimo antes de lo esperado y él había leído y corregido con rotulador rojo hiriente todos mis relatos.

Y ahí comenzó una extraña relación maestro discípulo conducida por los trazos rojos en mis folios blancos, nada minimalistas, el término cool no existía.

No recuerdo como nos separamos. Ni cual fue el último libro que me prestó, ni cual fue el último relato que me corrigió.

Desde luego aprendí de él dos cosas importantes. Corregir, corregir, corregir hasta la extenuación y a no separarme nunca de un rotulador rojo. Y esas cosas, junto con sus historias, sus relatos breves, probablemente era a lo que Millás se refería, a la esencia de la escritura.

                                                                                    Jorge López



[La foto: Juan Díaz, frente a su máquina de escribir, en el despacho de su casa de La Marina.]

viernes, 29 de octubre de 2010

Hasta siempre, "colombroño"

 

Juan Díaz Fernández, era el mayor de cinco hermanos. En la foto podemos ver a toda la familia, en 1955. Carlos, Ana Maria, Carmen y Loli, en la fila de atrás, de izquierda a derecha. Delante, y también de izquierda a derecha, Juan Díaz Pereña, comandante de Ingenieros, el padre, Ana Fernández Invernón, la madre, y Juan Díaz hijo.

Hoy, por un motivo especial, traemos a "Todavía se ve el Hacho" no un texto de Juan, sino de su hermano Carlos, contenido en un cuadernillo de los que gustaba escribir a sus sobrinos, y que me envió este pasado mes de julio. Se trata de una anécdota desconocida que nos muestra, en cierta forma, la precocidad literaria de Juan y su peculiar sentido del humor. Decía así:

Os cuento algo que quizás no os haya contado antes de vuestro padre, mi hermano.

Cuando cursábamos 7º curso en el Instituto Hispano-Marroquí, que caía por detrás del Casino Militar, teníamos dos horas de clase de Latín con el padre Rafael Navarro Acuña, con un descanso de quince minutos entre ambas. La segunda clase era de "INVERSA" (una traducción de Español a Latín), algo terrible para nosotros que nos defendíamos bien con Julio Cesar y De bello gallico y un poco peor con Tito Livio. Cuando subimos del recreo para la segunda hora de Latín y su "INVERSA", nos encontramos en la pizarra escrito:


DESDICHADOS LOS QUE ENTRÁIS
EN ESTE AULA A SUFRIR
Y MALDICIENDO ESPERÁIS
EL MOMENTO DE SALIR


La letra me era muy familiar...


Debajo de esa cuarteta había otra que decía:


LA DESDICHA SE ACRECIENTA
SI LA CLASE SE REPITE
SOBRE TODO SI ES DE INVERSA
LA TRADUCCIÓN DE DESQUITE


Por supuesto que al entrar en clase todos nos pusimos a leer la pizarra.

"Bueno -dijo don Rafael- ahí tenéis eso, no sé quién lo ha escrito. Manos a la obra: tienen ustedes media hora para la traducción."

La dificultad de la INVERSA se demostró plenamente. No hubo ni uno solo del curso que lograra encajarla. Es más, ni siquiera la que hizo el propio padre Navarro Acuña estaba lograda.

"Bueno, -dijo el cura- ¿y quién ha sido el autor, al que no recriminaré en absoluto; más bien lo contrario, lo felicitaré por su ingenio? Para ustedes queda si le dan un capón o un masculillo."

Todos sabíamos que eso sólo podía ser obra de Juanito Díaz.
                                   
                                                                                   Carlos Díaz Fernandez

Al empezar se dijo que traíamos a colación esta anécdota por un motivo especial. Antes de ayer, 27 de octubre, el mismo día de cumpleaños del que escribe estas líneas, moría en Sevilla, a la edad de 83 años, Carlos Díaz Fernández, hermano de Juan. Veterinario, de profesión y farmacéutico consorte de dedicación, era aficionado a los libros, a los mapas, a escribir cartas larguísimas, siempre de puño y letra, a la antigua usanza, muchas de ellas en formato cuadernillo. Le encantaba recibir postales de sus sobrinos viajeros y devolvérselas "palimpsesteadas", como él decía, eliminada la parte escrita por el remitente y escrita de nuevo la postal. También le gustaba llamarme "colombroño", un sinónimo antiguo de "tocayo".

Para ti pues, "tito Carlos", va nuestro pequeño homenaje. Sé que mi padre se alegrará de compartir contigo un rincón de este blog y de volverte a encontrar allá donde vayáis los que habéis decidido convertiros en recuerdos. Echaremos de menos tus cartas, mi viejo y querido "colombroño".

                                                                                        Carlos Díaz Bermejo

Los dos "colombroños, uno encima de otro, en la playa del Chorrillo. Ceuta, 1959

miércoles, 20 de octubre de 2010

Bibliotecario del Cielo



Fue, ¡y parece ayer!, hace catorce años. Un 21 de octubre, en un hospital de Málaga, Juan Díaz nos dejaba, dejándonos aturdidos, incrédulos, doloridos... En todo este tiempo y desde este rincón hemos intentado mantener vivo su recuerdo. Es por ello que nos resulta especialmente grato el conocer que hay personas en las que Juan dejó una profunda huella y que lo recuerdan, después de tanto tiempo, con el mismo cariño.

Este es el caso del escritor ceutí, afincado en Málaga, Alberto Nuñez García, autor de las hermosas Crónicas de Allí, un libro en el que todos los que conocieron la Ceuta de los dos últimos tercios del siglo XX podrían reconocerse.

Con el heterónimo de Jean Valjean que, al modo de Pessoa, cobija a Alberto Nuñez, nos ha llegado firmada esta hermosa y sentida carta, que incluimos completa en conmemoración de estos catorce años sin Juan. Gracias por ella, Alberto.


A LA ATENCIÓN DEL PROFESOR DON JUAN DÍAZ FERNÁNDEZ: BIBLIOTECARIO PERPETUO DEL CIELO.

Querido Profesor:

Casualmente, de enlace en enlace, he ido a dar con el blog, a tu persona dedicado, y escrito y dirigido por tu hijo Carlos.

Te imagino allá entre nubes, con tu estilográfica (seguramente una Parker-51) en la diestra y tu eterno pitillo entre los dedos de la otra, hilando sabiamente tu prosa antigua y clásica....¡Ah!, y mirando al mar, ese compañero que se traspira en tus artículos, en todos. Aunque en algunos no lo cites, el Mediterráneo está siempre presente con su olor a salitre y a brisa entre pinos.

Recuerdo cuando te mandé mi primer manuscrito de Crónicas de Allí. El pobre había ido rebotando de editorial en editorial durante casi dos años. Tú, con la paciencia de un buen pedagogo y de un maestro te lo leíste de cabo a rabo, y luego me escribiste una carta que aún guardo entre las hojas de un ejemplar de Torre del Faro que había comprado en una librería de Algeciras en uno de mis viajes a Ceuta. Me reprochabas con palabras comedidas y con mucho amor, me reprochabas –digo- que ocultara mi nombre y apellidos bajo el seudónimo de Jordana Marbella, afición por este disfraz que como verás al final de esta carta no me ha abandonado nunca. Pero a lo que iba. Decías en esa carta que el texto era bastante bueno. Que no me desanimara. Que siguiera escribiendo. Y más cosas que la modestia me impide repetir en esta carta y que a mí me sirvieron para recuperar la seguridad que, hecha jirones, se había perdido en el peregrinaje de mi libro por los despachos enmoquetados de los editores. Yo no había leído nunca nada tuyo. Torre del Faro fue lo primero. Regresar a la ciudad natal después de tantos años de ausencia, leyendo tus artículos tumbado en una mecedora de la cubierta del ferry (¡La Paloma! ¿recuerdas?), y viendo amanecer el Hacho por el horizonte azul, fue para mí una experiencia inolvidable. Recuerdo que Conchi, mi mujer (que desde el año dos mil cinco está también Ahí Arriba contigo) con su gracejo malagueño y su acento del castizo barrio de Huelin me decía, al verme tan enfrascado en la lectura y en el paisaje: "¡Pues, hijo!! ¿Por qué no te quedaste en Ceuta?" Creo que corrían los primeros meses del año mil novecientos noventa y seis, el fatal año en que nos dejaste. Terminabas la carta invitándome a acudir a tu casa de Fuengirola para conocerme personalmente y para hablar de Literatura. Al final no pudo ser... Para mí, en cambio, el año mil novecientos noventa y seis fue un buen año; en la Primavera recogí el Premio Amador de los Ríos de Narrativa, convocado por el Ayuntamiento de Baena y otorgado a mi novela corta EL LOCUTOR. Y fue también el año en que comenzaría un proceso que me llevaría a dejar la docencia y dedicarme de lleno a la escritura. En el mes de junio de ese año me llegaba un ejemplar de tu libro CAMBIO DE RESIDENCIA con una dedicatoria muy afectuosa que (¿por qué no?) ésta sí, ésta no me censuro de reproducir en esta carta/homenaje que te dirijo. Dice:

"A mi buen amigo y ex-alumno Alberto Núñez, narrador agudo y hábil, con el deseo de que pronto pueda dedicarme un libro suyo. J. Díaz. Ceuta. Junio del 96."

Pues esa deuda es la que pienso pagarte ahora, enviándole a tu hijo Carlos los ejemplares de los libros que tengo publicados, con una dedicatoria para ti, querido profesor, y con el deseo y la seguridad de que esos libros míos van a encontrar en tu biblioteca calor y cariño.

¿Sabes? llegado a este punto no recuerdo si la Siniestra Dama me dio el tiempo suficiente para comunicarte ese Premio; me refiero al Premio Amador de los Ríos. Quiero pensar que sí, que de las dos o tres ocasiones en que hablamos por teléfono, una de ellas fue para hacerte partícipe de mi premio literario que –no nos cabe duda a los que te hemos conocido- te iba a dar un alegrón. El último recuerdo que tengo de ti (ya no sabría decir si en conversación telefónica o por carta) es la promesa que me hiciste de sacar, por entregas, en el dominical de El Faro, capítulos de mis Crónicas de Allí...¡Ah! y una reseña que hiciste de mí en tu periódico y que no consigo encontrar.

[Ahora me viene a la mente, ese artículo tuyo en el que hablas de tu entrada, de adolescente, en el periódico para llevar tu primer articulo...el olor de la tinta que despedían las rotativas...]

Querido Profesor:

Ya voy a dejar de darte la lata con tanta prosa. Sólo te diré, aunque ya debes de saberlo, que con la ayuda de nuestro común amigo José Luis Sastre y de mi sobrino Víctor, conseguí sacarle al Ayuntamiento los chavos suficientes como para publicar Crónicas de Allí. Que también publiqué El Locutor con el dinero del Premio y que, a mi costa, he sacado el último, Martín Requena in Memoriam. De todos ellos, como ya te he dicho, quiero dedicarte un ejemplar y mandarlo a tu hijo para que formen parte de tu biblioteca.

Has de saber que el libro Crónicas de Allí, lleva en su portadilla, como un pequeño homenaje a tu persona, una frase sacada de tu libro Torre del Faro. Ya lo verás......

Querido Profesor y Bibliotecario Perpetuo:

Guárdame un buen sitio ahí, en esa Biblioteca Celestial que diriges. Búscame un buen sillón junto a un gran ventanal. Los próximos diez mil años espero pasarlos leyendo. El pequeño resto de Eternidad que me quede lo quiero dedicar a escribir.

Que ¿cómo me enteré de tu muerte? Pues como ha pasado tanto tiempo y no me quiero confiar a la memoria...ese bichito tan endeble me limitaré a transcribirte una anotación de mis Diarios de aquel año:

Hoy, diez de noviembre de mil novecientos noventa y seis, paseando con Conchi por Los Baratillos de Málaga, un compañero del Colegio me da la noticia: El Profesor don Juan Díaz Fernández ha fallecido en su casa de Fuengirola. Descanse en paz.

Recibe un fuerte abrazo de tu ex-alumno....

Jean Valjean (escritor)



Portada del libro de Alberto Núñez García "Crónicas de Allí", y cita de Juan Díaz que aparece en su primera página.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Pepe Ferrero, en la memoria.

Se llamaba José y era amigo de Juan. Un amigo silencioso, de los que apenas se nota que están ahí hasta que realmente hace falta; de esos que demuestran su fidelidad cuando otros, que creíamos más próximos, desaparecen o miran para otro lado. No supe de esa amistad hasta febrero de 2008, cuando el Aula de Mayores de la Universidad de Granada en Ceuta, AULACE, organizó bajo su impulso un homenaje a Juan Díaz. Sólo lo trate durante el tiempo que duró aquel acto, pero fue suficiente para notar la naturaleza de su afecto y su calidad de hombre culto y bueno. Luego, más tarde, Meli, mi madre, me habló de él, de su entrega a la cultura, y especialmente de su trabajo con personas a los que la sociedad a menudo margina en cuestiones culturales: los mayores, los presos; me comentaba sus colaboraciones en El Faro y leí algunos de sus excelentes artículos. También supe de su enfermedad y de cómo, a pesar de ella, asistió a la inaguración de la calle de mi padre. Ese gesto me hizo apreciar de nuevo su valía.

José Ferrero, Pepe para sus amigos, nos dejó el 8 de septiembre. No es el que escribe estas líneas la persona adecuada para glosar sus virtudes en estos tristes días; por desgracia no lo conocí lo suficiente. Pero hoy, en esta tarde del 24 de septiembre, cuando sus amigos y familiares rezan por él en Ceuta, no quería que faltara en nuestro rincón dedicado a Juan un pequeño recuerdo de este gran amigo.

Gracias Pepe: fue una suerte para Juan Díaz el haber podido contar con tu amistad y un privilegio para mi el haberte conocido. Ojalá los dos caminéis por siempre en nuestros corazones, ya sin premuras ni sufrimientos, sin ataduras ni bastones, charlando de libros, escritos y proyectos, eternamente arropados por el cariño de los que nunca os olvidaremos.

Carlos Díaz

(La foto de cabecera fue publicada en el Faro: Pepe Ferrero en el homenaje de AULACE a Juan Díaz Fernández, en Febrero de 2008. El pequeño milagro de la fotografía reune a estos dos amigos).

jueves, 17 de junio de 2010

La calle de Juan

7 años separan estas dos viñetas de Vicente Alvárez, publicadas en el Diario El Faro de Ceuta. No sé si se puede considerar que ha pasado mucho tiempo, pero eso ya no importa: Juan Díaz tiene un pequeño rinconcito en Ceuta, en forma de placa, que da nombre a una de las calles de la ciudad que tanto amó. Conociendo sus aficiones, seguro que estaría contento de saber que su calle se encuentra junto a una biblioteca y un pabellón deportivo -el deporte como cultura, la cultura como deporte-, y de que se continúe con la de otra recordada docente, la profesora Valderrama: quizás anden los dos organizando claustros de profesores por esos espacios infinitos.
Desde este blog queremos dar las gracias a todos los que han hecho posible que Juan sea recordado en el callejero ceutí: sobre todo a Alfonso Cerdeira y Adelaida Álvarez, diputado en la Asamblea de la Ciudad y consejera de Cultura, respectivamente, en 2003, cuando se presentó la idea y se puso en marcha el expediente, y a Juan Luis Vivas, alcalde y presidente de la Ciudad Autónoma, como representante del equipo de gobierno que lo ha llevado a término.

Y reservamos un abrazo especialmente emocionado para dos personas, Vicente Álvarez y Ricardo Lacasa, que han demostrado reiteradamente ser grandes amigos de Juan y que han mantenido encendida, todos estos años, la llama de "una calle para Juan Díaz Fernández". Gracias a los dos por vuestro cariño infatigable.


Descubrimiento del rótulo de la calle dedicada a Juan Díaz Fernández por el Alcalde y Presidente de la Ciudad Autónoma de Ceuta, Juan Luis Vivas, y la viuda del escritor, Carmen Bermejo, en presencia de amigos y familiares. El acto tuvo lugar el 7 de junio de 2010.

Recuerdo


Compañero y amigo de los años de universidad, el profesor y Doctor en Historia Manuel Capel Margarito evoca al Juan Díaz de principios de los 50 en su reciente libro "Los Desubicados (o el arte de la emigración interior)". Por la precisión en el retrato de un Juan que, en torno a los 25 años, ya manifestaba los principales rasgos de una personalidad que le iba a caracterizar el resto de su vida y que tan influyente fue en los que le conocieron. Nos atrevemos a reproducir aquí un fragmento de citado libro, no sin agradecer de antemano al profesor Capel el que podamos usar de esta manera su texto.

"Miro atrás y no sabría decir cuál fue mi mejor amigo; no se trata de compañeros de juegos infantiles ni de relaciones circunstanciales por razones de vecindad, parentesco o encuentros familiares; me refiero a los que ocupan aún, por su significado, parte importante de mi memoria antigua; no de ésta, de senectud, advenediza y frágil. Creo que no es preciso establecer prelaciones, sino conservar señales que confirmen su autenticidad. Es así como recuerdo, de la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid, a Juan Díaz Fernández, al que conocí en la de Granada y con el que proseguí en la Complutense, la especialidad de Historia, hasta el doctorado. Era la década de los 50, la de la leche en polvo, el queso y la mantequilla USA, que tanto bien hicieron a los escolares de España. La familia de mi amigo Juan residía en Ceuta y de allí recibía apetitosos envíos que corregían nuestra desnutrición; a él debo no sólo aque socorro de proteinas, prodigadas con cuidado exquisito de hermano mayor, sino otras muchas atenciones y saberes, en los que él me aventajaba; no tanto por la edad -uno o dos años mayor que yo-, sino por su madurez intelectual y humana, y por su sensibilidad para la poesía y la música. ¡Todavía repito, de memoria, algunos de sus versos y me parece oir el canto de su armónica! También debo a él mi afición al teatro -iniciada con las entradas a "la clac" en el Español o en el Mª Guerrero, en el Infanta Isabel o en el teatro de la Comedia-, amén de la asistencia a los conciertos de la Sinfónica -en el cine Monumental, como aquellos que dirigía Pierino Gamba- y los de la orquesta nacional, bajo la batuta de Ataulfo Argenta. Luego que el fatum o el destino puso muchos kilómetros de separación entre ambos, pudimos, a la vuelta de muchos años, reanudar nuestros encuentros o hacerlos más frecuentes, pero sabía yo que él prefería no alterar la estampa aquélla de nuestra juventud..."

Manuel Capel Margarito: "Los Desubicados (o el arte de la emigración interior)"
Colección "Semilla y Flor". Jaén. 2009

La foto: Juan Díaz (a la derecha del grupo) y Manuel Capel (a su lado), junto a otros dos amigos en la puerta de la antigua facultad de Filosofía y Letras de Granada.

lunes, 28 de julio de 2008

El amigo Bounty

Entre los muchos amigos que tuvo a lo largo de su vida Juan Díaz Fernández, uno fue muy especial. En cierta época era frecuente verlos pasear juntos por la calle de La Marina, marcando quizás un territorio común de sueños y bondades. Justo es hacer en el blog un pequeño hueco, a modo de homenaje, a esta peculiar compañía que con su silencioso pero incondicional apoyo contribuyó a las reflexiones del escritor y, por tanto, a una parte imprescindible de su obra. De paso, dejamos la palabra al propio Juan para que nos hable de... "Bounty".

Yo le quiero. Su compañía me reconcilia en ocasiones con todo lo que me rodea. Muchas veces yo me siento cansado y con pocas ganas de salir a ninguna parte, pero él insiste para que nos vayamos a dar una vuelta sosegadamente por La Marina y por los muelles del puerto, y yo acepto, más que nada por ver si se me pasan las murrias. Los dos nos sentimos entonces acompañados, cosa que tiene su importancia como se sabe, y aunque vayamos andando sin decirnos nada, el hecho de estar juntos nos resulta placentero. Claro que, a veces, tenemos que aguantarnos mutuamente las impertinencias, pero esto ocurre con frecuencia en cualquier relación entre gentes que se quieren. Si hay verdadero afecto, todo se soporta pacientemente. ¡Cuantos problemas de la convivencia humana se resolverían si todo el mundo lo entendiera así!..

En fin, ese es Bounty, mi amigo, el de la mirada tierna e inocente el que nunca es capaz de hacer daño a nadie y, en cambio, ofrece todo su cariño.

Por supuesto, hablo de mi perro.

El texto, "Mi amigo Bounty", forma parte de la recopilación de artículos publicados en la sección Confidencias Intrascendentes del diario El Faro de Ceuta, recogidos posteriormente en el libro Todavía se ve el Hacho.

La foto: Juan Díaz, en su casa de San Pedro de Alcántara, jugando con Bounty a principios de los 80.

El nombre Bounty fue elegido para este perro no sólo por su procedencia (Gibraltar), sino como homenaje al buque HMS Bounty, al mando del capitán Bligh, protagonista del famoso motín en el que se basó la película "Rebelión a bordo".

jueves, 10 de julio de 2008

Meli


Casi en los comienzos... y hasta el final. Allí estuvo siempre ella. Meli, o Carmelita, para los amigos, Carmen Bermejo Escaño, para los demás. Desde aquel ya lejano año de 1953, en el que se conocieron y, sobre todo, desde 1955 en que se casaron, hasta 1996, año en el que Juan nos dejó: más de 40 años de convivencia, y tres hijos. Pero no fue esto lo único que aportó Meli a esta larga relación. Para Juan fue el anclaje a la realidad, su contrapunto racional y el soporte que le permitió desarrollar sus aficiones, sus actividades, su creación literaria. Ella, en la sombra, trabajadora en casa y fuera de ella, pilar fundamental en la crianza y educación de los hijos, al estilo de su época, supo pasar desapercibida sin por ello dejar de contribuir, de una forma decisiva, a la construcción de ese espacio personal que es el mundo de Juan Díaz.

Como homenaje a Meli, incluimos un breve texto de un cuento que él le dedicó títulado, como el libro en el que está incluido, "Cambio de Residencia". Pese a las distorsión natural que la obra literaria hace de la realidad, hay mucho de Juan y Meli en esa obra, buena excusa para decirle a ella desde aquí: ¡gracias, Meli, gracias mamá, por ser como eres, y por haber estado -y seguir estando- ahí!

[...] Conocía a Juan cuando éramos estudiantes y no sé cómo llegamos a enamorarnos, porque teníamos muy poco en común. Yo era muy racional, previsora y desconfiada. Él, por el contrario, demasiado contemplativo y más propenso al ensueño que a la acción. Por eso yo le advertía de que sería difícil que llegásemos a entendernos. Pero él me advertía que todo equilibrio se basa en fuerzas antagónicas que se oponen, que yo sería el ángulo complementario que a él le faltaba para valer noventa grados, y otros argumentos por el estilo. Siempre encontraba hermosas razones para disfrazar la realidad. Sabía humanizar todas las cosas de un modo que a mí, a pesar de mi racionalidad y de mi tendencia a verlo todo con objetividad, me encantaba. Me eplicaba, por ejemplo, que los árboles tienen rostro y expresión, que las nubes las montañas y el mar sufren y se alegran, que los números no expresan sólo magnitudes sino también armonías, que una balanza, un reóstato, o una lente, o cualquier otro objeto de su laboratorio tenían un destino trascendente. Y estas cosas me gustaban porque yo nunca las habría considerado así. Cuando le oía hablar de los elementos químicos o de los electrones, comparando sus afinidades o repulsiones con las de los seres humanos, yo comprendía que fuera capaz de encontrar la belleza y la poesía en la estructura y dinámica de los fenómenos naturales.

[Las fotos: La primera fue tomada el 17 de agosto de 1955, en el enlace matrimonial de Juan y Meli, a las puertas del Santuario de la Virgen de África en Ceuta. La foto es del fotógrafo Pedro Alcaine, primo de Meli, y tiene la particularidad de ser, en origen, una diapositiva en color, lo cual era una novedad en aquellos tiempos. La segunda está tomada por su hijo Carlos el 17 de agosto de 1995, en Madrid, que prefirió paradójicamente el blanco y negro para retratar a sus padres justo 40 años después de aquella boda.]

viernes, 4 de julio de 2008

Mi profesor, don Juan Díaz

El 22 de febrero de 2008, AULACE, la asociación de alumnos del Aula de Mayores de la Universidad de Granada en Ceuta, organizó un homenaje a la figura de Juan Díaz Fernández. Haremos más referencias a este acto en el blog, pero hemos elegido para empezar un fragmento de una de las intervenciones que tuvieron lugar en el mismo, porque hace referencia a la faceta más conocida de Juan Díaz, su labor como profesor (lo fue primero en las enseñanzas medias y finalmente en las universitarias). Las palabras fueron pronunciadas por una antigua alumna, Loli Morales, y reflejan fielmente cómo era Juan en su labor docente: un profesional que sabía ir más allá de la disciplina impartida, para abrir los ojos de sus alumnos al mundo de la cultura en su sentido más amplio. Gracias Loli, desde este rincón dedicado a Juan, por tus palabras.


(...) Esta persona que les habla, fue alumna de don Juan Díaz, en el I.N.E.M. (Instituto Nacional de Enseñanza Media) femenino, ya que las aulas de las chicas se encontraban en otro ala del edificio, (separada de los chicos).
Una de las asignaturas que recibía de don Juan era Geografía Universal. A pesar de mi corta edad (12 años) y haber transcurridos 43 años, nunca me he olvidado de él, ni como profesor ni como persona.
Como profesor no le he olvidado nunca, por su forma de dar las clases y su tipo de enseñanza; entonces no había los avances de hoy en día como diapositivas, ordenadores, etc., a él no le hacían falta estos adelantos, sólo le bastaba una pizarra y una tiza, lo mismo dibujaba la bola del mundo y te explicaba los trópicos, que el mapa de España con las borrascas, isobaras, el anticiclón de las Azores, etc.
Siempre que comenzaba a dibujar algo, volvía la cabeza hacia los alumnos y nos decía “esto os sonará a chino”, pero ya veréis qué pronto lo vais a entender. Cuando te explicaba los países, los ríos, o los accidentes montañosos, parecía que te estaba contando algo que él había vivido y a sus alumnos nos transportaba hacia el lugar que explicaba; yo solía decir que sus enseñanzas eran un viaje hacia la Geografía.
Cuando alguna alumna le preguntaba sobre algo que no venía plasmado en los libros de textos él te lo explicaba, pues le encantaba ampliar nuestros conocimientos.
Era un gran conversador, siempre ha sabido escuchar y hacerse escuchar por sus alumnas; no por eso dejaba de exigir la parte que le correspondía como profesor (disciplina y todo lo que conlleva), así como poner las notas que correspondían o merecían sus alumnas. Si se encontraba alguna alumna por los pasillos en horas de clase, la conducía a la Jefatura de Estudios, pero por eso no iba a dejar de ser nuestro querido profesor: con el tiempo reconocemos que esto era por el bien nuestro.
Si hay algo que recuerdo, es que para don Juan era lo mismo la alumna más aplicada que la que menos, el trato era por igual hacia todas, creo que su interés era que todo lo que nos enseñaba o transmitía no lo olvidáramos.
Pero la relación de profesor-alumna no quedaba en el Instituto, paseando por las calles de Ceuta, era encontrarte con don Juan y siempre nos saludaba, creo que tenía una memoria tan grande que recordaba y se acordaba de sus alumnos, incluso cuando habían transcurridos años después de haberle dado clase. Recuerdo que a veces estaba rodeado de alumnos y alumnas, conversando como si fuese un alumno más. Pasaron los años, y siempre que nos encontrábamos con Don Juan, era una gran alegría mutua, yo creo que el disfrutaba cuando les saludábamos.
A pesar de haber transcurridos unos años y que yo solo era una niña, tengo grabado su estilo de enseñanza, tan amena que si le prestabas atención a sus clases difícilmente se te podía olvidar.
Recuerdo como don Juan debía disfrutar paseando por las calles de su Ceuta, en una ocasión le dije “don Juan, usted forma parte del paisaje de Ceuta”, y aunque ahora ya no le vemos pasear físicamente, si le recordaremos aquellos que tuvimos el honor de conocerlo y llevarnos en el recuerdo un poquito de él.
Para esta persona que os esta hablando, el haber conocido a don Juan Díaz, es un regalo que la vida me hizo: tenerlo como profesor y como una persona sencilla al que siempre recordaré.

Loli Morales

[La foto: Juan Díaz, en su aula. Autor desconocido. Fecha incierta, probablemente en los años 60]

Cuando es la hora de hacerse a la mar

Juan era un enamorado del mar. De la estrecha relación que mantuvo con él hay innumerables huellas y signos en su vida y en su obra. En el blog irán sucesivamente apareciendo muchos de ellos, configurando un mosaico que intenta mostrar cómo este mar, entorno de peso incuestionable en la forma de ser de los ceutíes, fraguó en el escritor una manera especial de relacionarse con la vida, una cosmovisión particular, tejida con el ideal de los espacios abiertos, la música del oleaje o el silencio, el amor a la libertad, la adversidad compartida y vencida, que traba con nudos expertos la amistad desinteresada, la eterna espera y la permanente esperanza y, como no podía ser de otro modo, la búsqueda de la isla perdida, la Ítaca personal, la otra orilla, aquella en la que la ansiada felicidad es finalmente encontrada -o reencontrada-.
Como primera muestra de este vínculo del que les hablamos, recogemos un fragmento de uno de sus cuentos, titulado Cuando es hora de hacerse a la mar, publicado en 1987 dentro de una recopilación de cuentos de Juan titulada Relatos, edición realizada por el Excelentísimo Ayuntamiento de Ceuta.

Siempre quise ser marino -seguía diciéndome- pero mi padre se empeñó en que trabajase junto a él en su negocio, y le obedecí. Pero nunca dejé de vagar por los muelles del puerto, cada tarde que podía. ¡Los barcos me obsesionaban!... Cuando me acercaba a ellos, todos los sentidos se me excitaban con una rara voluptuosidad: aspiraba sus olores, a brea, a maderas recien pintadas, a hierros engrasados y a maromas húmedas; escuchaba aténtamente cada ruido de a bordo como el animal que en medio del bosque escucha inmóvil el susurro del viento por entre la enramada y cada leve pisada en la hojarasca, así el tembloroso retumbar de las máquinas, los crujidos secos del casco, pasos, voces, hasta ese silencio de soledad que se percibe en un barco cuando todo a bordo se paraliza y sólo queda allí un marinero que dormita; contemplaba con arrobo las proas agresivas y las popas orondas con los nombres de lejanos puertos; recorría con la mirada los costados tachonados de escotillones, y si por ventura descubría uno que se había quedado abierto, escudriñaba a través de él, como si la sola visión del interior de un camarote o de un simple pasillo me integrase ya en aquel mundo que tanto había deseado desde que era un niño y contemplaba barcos desde la ventana de mi casa.
(...) Otras tardes llegaba hasta el varadero; allí había siempre pequeños barcos de cabotaje, reparando averías o sometidos a trabajos de limpieza o pintura... ¿Usted no se ha parado nunca a mirar un barco cuando está fuera del agua?... Esa es la única manera de poder contemplar plénamente toda su figura: la potente quilla, la ampulosidad del casco, tan semejante a un enorme vientre, el suave resbalamiento de la proa bajo las amuras y de la popa hacia el codaste, y por arriba las cubiertas, el puente, los palos, todo como un castillo roquero que no se alzase sobre ninguna roca ni ningún suelo... ¡algo etéreo en cierto modo!... Yo creo que hasta es posible imaginarle un cierto erotismo: sin el velo púdico del agua, un barco se ofrece a la mirada en toda sus espléndida desnudez y hay en él algo así como una incitación a la caricia; no resulta absurdo imaginarle entonces una inquietante animalidad, ¿no le parece?...

[La foto: Juan navegando por las aguas de Ceuta, acompañado por dos de sus hijos, en fecha indeterminada pero que creemos próxima a 1961. Autor desconocido.]

miércoles, 2 de julio de 2008

Todavía se ve el Hacho (II)

En coherencia con el nombre de nuestro blog, les ofrecemos, como primer texto de Juan, Díaz, un fragmento del artículo Todavía se ve el Hacho, publicado por primera vez en la columna Confidencias Intrascentes, del diario El Faro de Ceuta. Posteriormente fue incluido en un libro recopilatorio de igual título, editado en 1994 por el propio Juan. Más allá de la anécdota que se relata, el objetivo del texto era expresar la profunda confianza del autor en el futuro de su ciudad a pesar de las circunstancias y las incertidumbres de tiempos revueltos.

El señor Canas era bastante mayor que yo, pero teníamos una afición común: la pesca. Muchas veces salimos juntos a pescar en su bote. Un domingo, pusimos rumbo hacia un pesquero de pargos que él conocía, a poco más de una milla de la punta del Desnarigado. La mar estaba como un espejo azulado, sin que soplase ni la más ligera brisa. Y nos prometíamos pasar unas horas de buena y fructífera pesca. Pero, como todo el mundo sabe en Ceuta, por aquella zona las corrientes suelen jugar malas pasadas a las pequeñas embarcaciones. Y eso precisamente fue lo que nos ocurrió: cuando más absortos nos hallábamos con la pesquera, se nos soltó la potala, o sea, la gruesa piedra que utilizábamos como anclaje, y la corriente empezó a arrastrar nuestro bote mar adentro. El señor Canas, experto mecánico, trato enseguida de arrancar el motor de la embarcación, pero el condenado se resistía a ponerse en marcha. Una y otra vez, mi buen amigo se afanaba en darle vueltas a la manivela del arranque, pero como si nada. Y mientras tanto, nos alejábamos cada vez más de la costa. A medida que la corriente nos llevaba lejos, la quietud del agua se iba alterando y los hinchones mecían el bote con mayor intensidad. Yo observaba los denodados esfuerzos que hacía el señor Canas y le relevé varias veces en el trabajo de darle a la manivela al tiempo que él trasteaba en el motor. Pero este seguía sin arrancar. Viendo que nuestros esfuerzos resultaban estériles, empecé a asustarme, temiendo que la fuerte corriente nos llevase hasta sabe Dios dónde por el Mediterráneo, y me puse a rezarle en silencio a nuestra Patrona la Virgen de África. Entonces el señor Canas, al observar mi cara de asustado y que me persignaba, me dijo: ¡No te preocupes, Juan, que todavía se ve el Hacho!

[La foto: Juan Díaz Fernández, el 12 de julio de 1964, con una cherna de 12'25 kg que le valió el 2º premio del Concurso Internacional de Pesca de Altura, organizado por el club CAS. La imagen está tomada en la calle La Marina, con el Hacho al fondo. Es en la vertiente sur de este monte, entre abruptos acantilados, donde se encuentra la Punta de Desnarigado, citada en el texto.]


martes, 1 de julio de 2008

¡Todavía se ve el Hacho! (I)

¡Todavía se ve el Hacho! era, para el escritor y profesor Juan Díaz Fernández, el grito de los que, perdidos en el mar y la niebla de Ceuta, aún mantienen la esperanza y se aferran a la vida gracias al reconocimiento, por difuso que sea, de lo cotidiano, lo próximo, la silueta familiar del monte que arropa a los ceutíes. Comienza pues, con ese grito, con esa llamada, un espacio dedicado a este polifacético profesor fallecido en 1996. Pretende ser un rincón que ayude a que no se pierda ni su mundo - la Ceuta de los años 20 a los 90 - ni su obra, del cual es reflejo, así como a mantener la memoria del que fuera un enamorado de su ciudad, a la que intentó mejorar mediante su participación en toda actividad, foro o tribuna que su tiempo libre y sus energías le permitieron. Su espíritu inquieto y curioso hicieron de él algo más que un docente querido y respetado en el ámbito de la Geografía, la Historia o la Literatura. Fue, además, articulista durante muchos años en el diario El Faro de Ceuta, del que posee el Escudo de Oro, miembro de la asociación local Amigos de la Música, de la Tertulia Flamenca, socio de los clubes deportivos CAS y Natación Caballa, de la Hípica y el Casino militar, presidente de la federación ceutí de piragüismo, delegado provincial del ministerio de Cultura, pescador deportivo de altura y de costa, conferenciante, buen conversador y, sobre todo, observador perpicaz de su época y su tierra, a las que quiso retratar con su pluma incansable y adornar con un poco de esperanza y un mucho de sentimiento.

[Dibujo de Vicente Álvarez Navarro, ilustración de cubierta en el libro de Juan Díaz "Todavía se ve el Hacho"]