Mostrando entradas con la etiqueta Textos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Textos. Mostrar todas las entradas

viernes, 6 de enero de 2012

Blog hermano


En octubre del año que acaba de finalizar se cumplían quince años del fallecimiento de Juan. Son muchos años ya pero, para los que lo queríamos, se han pasado demasiado rápido y aún nos creemos que lo vamos a encontrar, un día de estos, paseando por La Marina. Su obra literaria y periodística sigue vigente y son muchos los que aún lo recuerdan. Pero para mantener viva su obra, acaba de nacer en internet un blog hermano, llamado simplemente Juan Díaz Fernández, dedicado a reproducir su obra, tanto la publicada en su día como inédita. Y nunca mejor dicho lo de "blog hermano", pues el responsable del mismo es Ismael Díaz, también como yo, hijo de Juan. Por tanto, enhorabuena hermano, por tu iniciativa: desde tu blog y el mío trabajaremos a la par para que nuestro padre no desaparezca.

Para aquellos que quieran consultar este nuevo blog, añadimos en el lateral un enlace para llegar al mismo.

lunes, 28 de julio de 2008

El amigo Bounty

Entre los muchos amigos que tuvo a lo largo de su vida Juan Díaz Fernández, uno fue muy especial. En cierta época era frecuente verlos pasear juntos por la calle de La Marina, marcando quizás un territorio común de sueños y bondades. Justo es hacer en el blog un pequeño hueco, a modo de homenaje, a esta peculiar compañía que con su silencioso pero incondicional apoyo contribuyó a las reflexiones del escritor y, por tanto, a una parte imprescindible de su obra. De paso, dejamos la palabra al propio Juan para que nos hable de... "Bounty".

Yo le quiero. Su compañía me reconcilia en ocasiones con todo lo que me rodea. Muchas veces yo me siento cansado y con pocas ganas de salir a ninguna parte, pero él insiste para que nos vayamos a dar una vuelta sosegadamente por La Marina y por los muelles del puerto, y yo acepto, más que nada por ver si se me pasan las murrias. Los dos nos sentimos entonces acompañados, cosa que tiene su importancia como se sabe, y aunque vayamos andando sin decirnos nada, el hecho de estar juntos nos resulta placentero. Claro que, a veces, tenemos que aguantarnos mutuamente las impertinencias, pero esto ocurre con frecuencia en cualquier relación entre gentes que se quieren. Si hay verdadero afecto, todo se soporta pacientemente. ¡Cuantos problemas de la convivencia humana se resolverían si todo el mundo lo entendiera así!..

En fin, ese es Bounty, mi amigo, el de la mirada tierna e inocente el que nunca es capaz de hacer daño a nadie y, en cambio, ofrece todo su cariño.

Por supuesto, hablo de mi perro.

El texto, "Mi amigo Bounty", forma parte de la recopilación de artículos publicados en la sección Confidencias Intrascendentes del diario El Faro de Ceuta, recogidos posteriormente en el libro Todavía se ve el Hacho.

La foto: Juan Díaz, en su casa de San Pedro de Alcántara, jugando con Bounty a principios de los 80.

El nombre Bounty fue elegido para este perro no sólo por su procedencia (Gibraltar), sino como homenaje al buque HMS Bounty, al mando del capitán Bligh, protagonista del famoso motín en el que se basó la película "Rebelión a bordo".

viernes, 4 de julio de 2008

Cuando es la hora de hacerse a la mar

Juan era un enamorado del mar. De la estrecha relación que mantuvo con él hay innumerables huellas y signos en su vida y en su obra. En el blog irán sucesivamente apareciendo muchos de ellos, configurando un mosaico que intenta mostrar cómo este mar, entorno de peso incuestionable en la forma de ser de los ceutíes, fraguó en el escritor una manera especial de relacionarse con la vida, una cosmovisión particular, tejida con el ideal de los espacios abiertos, la música del oleaje o el silencio, el amor a la libertad, la adversidad compartida y vencida, que traba con nudos expertos la amistad desinteresada, la eterna espera y la permanente esperanza y, como no podía ser de otro modo, la búsqueda de la isla perdida, la Ítaca personal, la otra orilla, aquella en la que la ansiada felicidad es finalmente encontrada -o reencontrada-.
Como primera muestra de este vínculo del que les hablamos, recogemos un fragmento de uno de sus cuentos, titulado Cuando es hora de hacerse a la mar, publicado en 1987 dentro de una recopilación de cuentos de Juan titulada Relatos, edición realizada por el Excelentísimo Ayuntamiento de Ceuta.

Siempre quise ser marino -seguía diciéndome- pero mi padre se empeñó en que trabajase junto a él en su negocio, y le obedecí. Pero nunca dejé de vagar por los muelles del puerto, cada tarde que podía. ¡Los barcos me obsesionaban!... Cuando me acercaba a ellos, todos los sentidos se me excitaban con una rara voluptuosidad: aspiraba sus olores, a brea, a maderas recien pintadas, a hierros engrasados y a maromas húmedas; escuchaba aténtamente cada ruido de a bordo como el animal que en medio del bosque escucha inmóvil el susurro del viento por entre la enramada y cada leve pisada en la hojarasca, así el tembloroso retumbar de las máquinas, los crujidos secos del casco, pasos, voces, hasta ese silencio de soledad que se percibe en un barco cuando todo a bordo se paraliza y sólo queda allí un marinero que dormita; contemplaba con arrobo las proas agresivas y las popas orondas con los nombres de lejanos puertos; recorría con la mirada los costados tachonados de escotillones, y si por ventura descubría uno que se había quedado abierto, escudriñaba a través de él, como si la sola visión del interior de un camarote o de un simple pasillo me integrase ya en aquel mundo que tanto había deseado desde que era un niño y contemplaba barcos desde la ventana de mi casa.
(...) Otras tardes llegaba hasta el varadero; allí había siempre pequeños barcos de cabotaje, reparando averías o sometidos a trabajos de limpieza o pintura... ¿Usted no se ha parado nunca a mirar un barco cuando está fuera del agua?... Esa es la única manera de poder contemplar plénamente toda su figura: la potente quilla, la ampulosidad del casco, tan semejante a un enorme vientre, el suave resbalamiento de la proa bajo las amuras y de la popa hacia el codaste, y por arriba las cubiertas, el puente, los palos, todo como un castillo roquero que no se alzase sobre ninguna roca ni ningún suelo... ¡algo etéreo en cierto modo!... Yo creo que hasta es posible imaginarle un cierto erotismo: sin el velo púdico del agua, un barco se ofrece a la mirada en toda sus espléndida desnudez y hay en él algo así como una incitación a la caricia; no resulta absurdo imaginarle entonces una inquietante animalidad, ¿no le parece?...

[La foto: Juan navegando por las aguas de Ceuta, acompañado por dos de sus hijos, en fecha indeterminada pero que creemos próxima a 1961. Autor desconocido.]

miércoles, 2 de julio de 2008

Todavía se ve el Hacho (II)

En coherencia con el nombre de nuestro blog, les ofrecemos, como primer texto de Juan, Díaz, un fragmento del artículo Todavía se ve el Hacho, publicado por primera vez en la columna Confidencias Intrascentes, del diario El Faro de Ceuta. Posteriormente fue incluido en un libro recopilatorio de igual título, editado en 1994 por el propio Juan. Más allá de la anécdota que se relata, el objetivo del texto era expresar la profunda confianza del autor en el futuro de su ciudad a pesar de las circunstancias y las incertidumbres de tiempos revueltos.

El señor Canas era bastante mayor que yo, pero teníamos una afición común: la pesca. Muchas veces salimos juntos a pescar en su bote. Un domingo, pusimos rumbo hacia un pesquero de pargos que él conocía, a poco más de una milla de la punta del Desnarigado. La mar estaba como un espejo azulado, sin que soplase ni la más ligera brisa. Y nos prometíamos pasar unas horas de buena y fructífera pesca. Pero, como todo el mundo sabe en Ceuta, por aquella zona las corrientes suelen jugar malas pasadas a las pequeñas embarcaciones. Y eso precisamente fue lo que nos ocurrió: cuando más absortos nos hallábamos con la pesquera, se nos soltó la potala, o sea, la gruesa piedra que utilizábamos como anclaje, y la corriente empezó a arrastrar nuestro bote mar adentro. El señor Canas, experto mecánico, trato enseguida de arrancar el motor de la embarcación, pero el condenado se resistía a ponerse en marcha. Una y otra vez, mi buen amigo se afanaba en darle vueltas a la manivela del arranque, pero como si nada. Y mientras tanto, nos alejábamos cada vez más de la costa. A medida que la corriente nos llevaba lejos, la quietud del agua se iba alterando y los hinchones mecían el bote con mayor intensidad. Yo observaba los denodados esfuerzos que hacía el señor Canas y le relevé varias veces en el trabajo de darle a la manivela al tiempo que él trasteaba en el motor. Pero este seguía sin arrancar. Viendo que nuestros esfuerzos resultaban estériles, empecé a asustarme, temiendo que la fuerte corriente nos llevase hasta sabe Dios dónde por el Mediterráneo, y me puse a rezarle en silencio a nuestra Patrona la Virgen de África. Entonces el señor Canas, al observar mi cara de asustado y que me persignaba, me dijo: ¡No te preocupes, Juan, que todavía se ve el Hacho!

[La foto: Juan Díaz Fernández, el 12 de julio de 1964, con una cherna de 12'25 kg que le valió el 2º premio del Concurso Internacional de Pesca de Altura, organizado por el club CAS. La imagen está tomada en la calle La Marina, con el Hacho al fondo. Es en la vertiente sur de este monte, entre abruptos acantilados, donde se encuentra la Punta de Desnarigado, citada en el texto.]